Mas experiencias.


En la secundaria tuve una gran variedad de docentes, si bien todos mostraron conocimiento en su materia, sus particularidades se presentaban de manera muy diversa. A los que mas recuerdo, son aquellos a los que más respetábamos, 2 en particular, y esos eran los que sabían “jugar”. Si, jugar. Comprendían como interactuar con adolescentes que estaban constantemente “midiéndolo” y siempre quedaba bien parado. Alguien con quien no querías pasarte de “vivo”, no por miedo a una represalia tiránica, sino porque él sabía hacerlo mejor que vos.

Durante mi estadía en la universidad, tuve la (mala) suerte de tener como docente a uno de esos profesores que son verdaderas eminencias en la materia que dictan, esos que escriben los libros que se usan para estudiar, conocido por todos y repudiado también, por todos. Explicaba poco y mal, podía pensar que era yo solamente, pero no, nadie lo entendía. Los días de examen llegaba siempre considerablemente tarde, y la lista sigue. Su fama, para bien y para mal, lo precedía. Siempre surgía el interrogante en mí, “¿cómo alguien que sabe tanto puede ser tan mal docente?”. Bueno que sepa lo que va a enseñar, no quiere decir que sepa como enseñar. Claramente estaba haciendo solo la mitad de su trabajo. Qué pena.


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